sábado 14 de febrero de 2009

It's a long way to Delhi

Y tan largo (que se lo pregunten a Indy)...

La última vez que escribí por aquí fue hace unos dos meses. En ese tiempo fui, vi y vencí, y no regresé con más información que las pocas fotos que pude sacar desde el coche de empresa entre el hotel y el edificio de Altrucel. ¿Qué más puedo contar de nuestra estancia allí? Nada nuevo, la verdad, salvo que aprendí a disfrutar de la comida local (no demasiado que ver con la que te sirven en los restaurantes indios de por aquí), me acabé acostumbrando a comer sin cubiertos, pero no a su acento al hablar en inglés.

Me gustaría volver, pero no lo hicimos mal del todo, parece que dejamos en funcionamiento sus equipos, y no ha hecho falta regresar para ayudar con nada más. Eso sí, si no he entendido mal, la semana próxima vendrán un par de ellos, aunque no estaré para atenderles porque me encuentro de vacaciones (siete días acumulados del año pasado, que no son pocos).

Y, en estos dos meses, no ha habido demasiados cambios, casi todo permanece igual para mí. Las Navidades estuvieron bien, y creo que me ayudaron a cerrar algunos asuntos personales que arrastraba en segundo plano por mi cabeza. Por otra parte, desde que volví de las fiestas, en Altrucel somos menos gente en mi proyecto y más trabajo para los que quedamos, así que de repente me he vuelto un poco importante, aunque tampoco demasiado. Además, a lo largo de lo poco que llevamos de año se han producido una serie de casualidades que me hacen esperar grandes cosas para los próximos meses. Veremos.

Si, vale, me has pillado, no tenía nada que contar y, a pesar de todo, he rellenado tres párrafos. Mira, ignóralos, no pasa nada: la intención era no añadir una próxima entrada sin explicar por encima qué ha pasado desde la última vez. Intentaré que la próxima sea divertida.

Lo prometo.

martes 16 de diciembre de 2008

Pasaje a la India

Bueno, pues tras un par de semanas de incertidumbre, por los atentados de Bombai, por la tardanza en recibir los visados, por la cantidad de trabajo acumulada y por tener las vacaciones de Navidad a la vuelta de la esquina... nos han mandado a Chennai. Vamos, que aquí estoy finalmente, en la habitación del hotel, poniendo al día (hace mucho de la última entrada) el blog.

A modo de resumen, y para no romper la tónica de los últimos meses, debería decir que los médicos no me han encontrado ninguna dolencia nueva, ni tampoco ninguna mejoría en especial, así que me mantengo estable en cuanto a salud se refiere, si ignoramos que el primer fin de semana de diciembre descubrí que el perro de Fungi me provoca una alergia de campeonato (hacía tiempo que el asma no ponía a prueba mis pulmones de ese modo).

Por el camino ha cumplido años el Profesor X, ElHombreDelPlan (su hermano) los cumplirá en breve, y por suerte he podido estar en su fiesta conjunta. El sábado tarta, el domingo avión.

De momento no llevo ni veinticuatro horas aquí, pero desde el primer momento ha sido palpable que esto es diferente. Supongo que lo que más me ha llamado la atención hasta ahora es que las cosas tienen un aspecto similar a lo que se puede ver en televisión sobre la India. Sí está lleno de gente, vestidos como estamos acostumbrados a verlos en los documentales, y el país parece como si ya fuera viejo cuando lo construyeron: los monumentos antiguos lo son, pero las infraestructuras más modernas no lo son tanto. Por ejemplo, el edificio de Altrucel en el que trabajaremos esta semana está rodeado por chabolas, y las calles apenas están pavimentadas. Oh, y sí, ya he visto varias vacas por las calles...

Lo mejor por el momento ha sido esta mañana, cuando nuestros compañeros del equipo local nos han llevado a mi colega "apañol" y a mí a comer en un restaurante vegetariano. Nos han llevado en un par de motos, esquivando la infinidad de vehículos y olores restantes. Toda una experiencia: aquí los cláxones suenan más que los Cuarenta Principales, son una especie de señal de que estás vivo, no una advertencia.

Lo malo es que están en invierno, lo cual significa que la temperatura es de unos veinticinco grados de media (no está mal), con mucha humedad en el aire (no está tan bien)... y que oscurece a las seis de la tarde, justo cuando salimos de la oficina, con lo que las posibilidades reales de ver algo de la ciudad de día son pocas impactando directamente con ninguna.

La próxima vez será...

miércoles 26 de noviembre de 2008

Pánico en el túnel

Espero que ésta sea la última entrada dedicada a narrar mis andanzas médicas, porque ya me aburre hasta a mí. Y no es que no me sucedan otras cosas, ni que no se me ocurran otras ideas, pero los exámenes de mis dolencias ensombrecen todo lo demás: sin ir más lejos, de momento he tenido que pasar por un hospital u otro los tres días de semana que llevamos por el momento.

El caso es que hace dos semanas, como ya conté en la entrada anterior, me dijeron que me esperaban más pruebas, consistentes en la introducción de cámaras por dos de los tres orificios "practicables" de mi cuerpo (no cuentan las orejas ni la nariz). Es decir, me iban a meter un tubo por la garganta, y otro por ahí (ese órgano que a los hombres nos permite realizar determinada actividad de pie).

Hace unos diez días tuvo lugar la endoscopia: tubazo por la garganta, y hasta el infinito y más allá. Se entiende que te obliguen a ir en ayunas, porque si todo el aire que eché (muy sonoramente) por la boca no fuera aire, las profesionales que realizan estas pruebas tendrían que ir ataviadas con trajes de neopreno y fregonas, como mínimo. El resultado: todo bien, salvo que soy "cardialmente incompetente" (otra categoría más en la que no me cualifico, qué le vamos a hacer).

La semana pasada tuvo lugar la otra "intromisión". Cinco minutos de molestia sólo para decirme que estoy bien, que no tengo nada malo ahí... y ni mucho menos soy incompetente en ese aspecto. Lo curioso del asunto es que cuando vi el diámetro de lo que iba a entrar me preocupé un poco; pero cuando eso entró donde tenía que hacerlo, y apenas me molestó, pensé en el diámetro de donde había entrado (y mis conclusiones, que no voy a compartir aquí, fueron muy halagadoras para mi vanidoso ego).

Hace dos días, urografía: radiografías con una inyección de contraste. Vamos, como si fuera "el increíble Hulk", pero sin rayos de color verde. De momento no hay transformaciones ni nada, pero no pierdo la esperanza de adquirir molones poderes mutantes.

Ah, y por el camino todas las vacunas que necesito para irme a La India (confirmado: en un par de semanas, si no hay cambio de planes, vuelo hacia Chennai), con la particularidad de que ninguna de ellas me ha provocado reacción.

En resumen: este año lo he empezado como "el niño burbuja", pero lo estoy terminando como Bruce Willis en "El protegido" (pero con pelo, eso sí).

jueves 13 de noviembre de 2008

The Flying Circus

Esta entrada va a ser un poco larga, así que paciencia (a veces tengo la sensación de que esta advertencia la uso demasiado).

Hoy voy a explicar lo que es un "efecto Rocketeer" para quien esto escribe (os lo mencioné antes aquí). Sí, tiene que ver con el cómic, pero más con la película, y aún más con su banda sonora. El cómic es obra de Dave Stevens, la película fue dirigida por Joe Johnston y su banda sonora compuesta por James Horner. En resumen, y por si os da pereza documentaros (si no sabéis de qué trata esto), se narra la historia de un joven piloto que se topa con una mochila-cohete y vive diversas peripecias a finales de los años cuarenta.

En la banda sonora hay un corte, de título "The Flying Circus", que acompaña la primera acción del protagonista, cuando se ve obligado a calzarse el motor en la espalda y salir volando para rescatar a uno de sus amigos de una avioneta defectuosa. Como es su primera vez comete varios errores, pero nadie sale herido ni muerto, aunque no sin sobresaltos.

Pues bien, en esa pieza de música hay un momento que siempre me ha encantado. Dura apenas un par de segundos, pero el "subidón" es instantáneo. En la película, Rocketeer desactiva sus cohetes accidentalmente, y cae a toda velocidad hacia tierra, atravesando unas nubes en el proceso. De repente, entre el blanco se ven dos destellos, y el héroe vuelve a la carga. En la banda sonora eso está reflejado a la perfección, y cuando la escucho y llego a esa parte me lo puedo imaginar de nuevo perfectamente: oyes como está a punto de estamparse contra el suelo, camino de un desastre total, y de pronto no sólo se recupera sino que vuelve con más fuerza y energías.

Eso es un "efecto Rocketeer". Y el martes tuve uno de ellos. Perdí toda la mañana entre médicos, oyendo que necesitaban más pruebas (no van a ser agradables las de esta tanda), y esperando a que me dieran cita para tan entretenidos eventos. Cuando llegué por la tarde al trabajo estaba de un humor de perros, deseando que se acabara el día, la semana, el año, el siglo y la propia existencia. Aquí acababa de atravesar las nubes.

Destello. Los motores vuelven a funcionar. Elastigirl, mi jefa, me dice que me mandan de viaje por trabajo a otro continente una semana. Quizá me envíen como arma biológica, por si alguna de mis dolencias es contagiosa, se la pego y eliminamos competencia. Sobre esto seguiré informando a medida que reciba detalles, pero la cosa promete.

Y eso es un "efecto Rocketeer": pasas de estar a punto de estrellarte a remontar el vuelo en un suspiro. De tener un día nefasto a que inyecten vitaminas en tu ánimo.

Ah, en cuanto al viaje, sólo diré, de momento, que mi bolsa de Indiana Jones me va a venir que ni pintada.

martes 4 de noviembre de 2008

Numb3rs

Según un anuncio que aparece estos días en televisión, ocho de cada diez dermatólogos recomiendan el uso de H&S. Teniendo en cuenta que H&S lleva kathon, y soy alérgico al mismo, debería confiar sólo en dos dermatólogos de cada diez. Uno de los dermatólogos de los que puedo fiarme es mi querida doctora House, que fue quien averiguó lo de mis alergias cutáneas. Lo cual significa que hay otro dermatólogo del cual puedo fiarme, pero no lo conozco.

Así que vaya desde aquí mi agradecimiento al dermatólogo desconocido.

El caso es que la semana pasada terminé por fin las últimas pruebas de alergia. Me han encontrado otra a un compuesto binario, cuyos elementos pueden ir juntos o separados, lo cual convierte mi higiene personal en una especie de sudoku químico: ahora ya no hay productos que no puedo usar sin más, sino que, encima tendré que empezar a comprobar si un champú A no reacciona con un gel B. Algo así como lo que ocurre con los venenos que usa El Joker (recordad, por ejemplo, el "Batman" de Tim Burton).

Aparte de eso, echaré de menos a la doctora y a sus chicas: la semana pasada, al ver las fotos de mis peores momentos, una de ellas llegó a comentar que era como para escribir sobre el caso. ¿Qué puedo decir? Es halagador servirles de inspiración.

viernes 24 de octubre de 2008

I like New York in june

Sustituid New York por Madrid. Sustituid junio por todos los meses del año. Y eso es lo que hay.

Me gusta Madrid. Y me gustan sus habitantes.

Ayer comencé la búsqueda de una cinta de cuero para "tunear" mi bolsa de Indiana Jones (tarde o temprano colgaré por aquí una foto, seguramente más tarde que temprano). El caso es que comencé en una zapatería, en la cual me dijeron que sí, que se la pondrían gustosos, pero que la cinta la tenía que llevar yo. Pero me indicaron una mercería donde quizá me la pudieran vender.

Así que me acerqué a la mercería, y pregunté, pero tampoco tuve éxito. Lo que ocurrió, en cambio, es que una de las clientas me comentó que justo al lado había otra zapatería (distinta de la primera), y que lo intentara allí.

En la segunda zapatería me ocurrió prácticamente lo mismo: no, no podían hacer eso, porque cintas de cuero no tenían, pero otro de los clientes me propuso una alternativa (que dejé para otra ocasión, porque a esas horas, casi las ocho de la tarde, no me iba a dar tiempo de llegar).

El caso es que, de camino a mi casa, me topé callejeando con otra mercería, así que me dije "¿por qué no intentarlo?", con similar resultado a ocasiones anteriores. Pero esta vez me enviaron a un comercio de telas, en la cual me dieron la dirección de una tienda de curtidos, donde casi seguro tendrán lo que busco.

Un lector impaciente concluirá que los madrileños son gente incapaz de resolver problemas, y que lo que mejor hacen es "despachar marrones". Y uno optimista como el que esto escribe pensará que lo que hicieron todos ellos fue ofrecer alternativas a un problema, y la mitad de ellos sin que yo tuviera que preguntarles. Simple y amablemente me dieron su ayuda, por el mero hecho de tener una respuesta al lado de alguien que tenía una pregunta.

Y sí, es sucia, ruidosa, las obras nunca cesan, ir a ver a algunos amigos es como volver a casa por Navidad, en verano es asfixiante por el calor, en invierno es asfixiante por la gente... pero a mí me gusta.

viernes 10 de octubre de 2008

No es país para viejos

Hace unos días, el sábado pasado, me tocó acompañar a mi octogenaria tía de compras. No es la experiencia más agradable, pero tampoco es exactamente padecer los rigores del Infierno, de modo que de vez en cuando hay que atender a la familia (al fin y al cabo, casi todos ellos estaban aquí antes que yo, y se encargaron de mí en un momento u otro).

La primera tienda en la que entramos estaba llena de gente mayor. Los dependientes tenían en la mirada el reflejo de su jubilación asomando por el horizonte. Y las clientas tampoco es que acabaran de terminar de alcanzar la mayoría de edad (en todo caso, la han rebasado tres o cuatro veces. La tienda en sí proporciona ropa que ya es vieja cuando la reciben de fábrica. No tengo ni idea de ropa, pero era mirar esas chaquetas y faldas y saber perfectamente que estaban destinadas a señoras que se tiñen el pelo de azul o violeta.

La segunda tienda era idéntica salvo por la mercancía: en lugar de ropa vendían zapatos (sí, la próxima vez escribiré "zapatería" directamente). Ahí lo gracioso fue cuando la única dependienta se dirigió a mí para preguntarme si estaba atendido, a lo que respondí que no hacía falta, iba de "carga-bolsas": pude ver cómo en su cara se conformaba la expresión "o-sea-me-toca-atender-a-cualquiera-de-las-otras-señoronas-otra-vez". Yo no me lo estaba pasando bien, pero a ella le tocaba vivir eso prácticamente todos los días, frente a las dos horas cada tres meses que es mi cometido.

Reconozco que la mañana me agotó mentalmente. Para seguir el ritmo de mi tía y su mundo tuve que ralentizar el mío, dilatándose el tiempo en mi entorno local. Además de aburrirme un montón, los percibí como dos montones. "Al menos esto es sólo de vez en cuando, y por una buena razón", me decía.

Pero esta mañana me ha tocado ir al médico (hacía tiempo que no os hablaba de estas cosas). He tenido que esperar a que me atendieran unos tres cuartos de hora. Luego, me han mandado a pedir cita para pruebas a dos sitios distintos, de modo que, entre hacer colas y tramitar los papeles, otras dos horas y media laaaaaaaargas. Y, encima, entre lo que queda de mes y principios del próximo tengo que volver unas nueve o diez veces más (de todo un poco: espalda, estómago, análisis, dermatología...).

No soy viejo, pero empiezo a estar convencido de que estoy en el camino (como todos), sólo que saco una terrible delantera a aquellos de mi misma edad. Supongo que así, cuando finalmente acabe en un geriátrico, con mi experiencia seré de "los primeros de la clase".

En cualquier caso, me parece que Fungi tiene a día de hoy todas las papeletas para convertirse en mi "sobrina de carga" las próximas veces que me toque a mí ir de compras (Fungi, avisada quedas).